(I. Sobre las elecciones presidenciales en México)
Hermanos ciclistas, peatones y personas que saben habitar el mundo:
Las elecciones del pasado primero de julio de 2012 en México -país donde se
encuentra nuestra sede apostólica-ciclista y donde viven aproximadamente 112
millones de almas embrutecidas- han sido una decepción inmensa para un sector
de la población que alude a sí misma como no tan embrutecida. No podemos quedarnos calladas y, como nos
gusta dar opiniones y abundar en ellas de una forma microtextual, trataremos de
desglosar dentro de lo micro nuestras humildísimas percepciones que, no por lo
anterior, dejan de ser universales.
Primeramente debemos tener en cuenta dos aspectos del problema tratado en
esta encíclica, a saber, que al hablar de elecciones no podemos perder de vista
que se trata de un evento culmen dentro de un proceso intrincado, sistemático,
coherente y necesario dentro de lo que la mayoría llama y acepta como
DEMOCRACIA. Por otro lado, el sector de
los inconformes es sensiblemente pequeño con respecto al resto de la
población.
Nosotras, como ya bien sabéis, no aceptamos la DEMOCRACIA ni como ideal ni
como sistema aplicado hoy en día en
cualquier lugar del orbe que lo tolere. Sin embargo, tenemos que compartir nuestras
reflexiones, ya que las revelaciones, que nos vienen del retorno continuo de
las ruedas de la bicicleta a un punto que es al mismo tiempo un vector que nos
mueve en el mundo, deben ser divulgadas.
No creemos ni confiamos en la estadística como disciplina, pero en esta
ocasión unos cuantos numeritos fueron los detonadores de esta encíclica. Sí,
unos numeritos en los cuales pocos mexicanos parecen detenerse, mirarlos,
darles la vuelta, ponderarlos y sacar de inmediato las conclusiones más
deprimentes pero certeras sobre lo que ha sucedido. Vayamos, pues, rápidamente,
a esos numeritos: en la lista nominal del padrón electoral figuraban 71,334,373
de mexicanos de los cuales sólo el
58.5% sufragó. De los cuarenta y un y pico millones de votos
ejercidos, atención, 97.84% fueron válidos y 2.16% nulos. Y vamos a dar un
numerito más, el del porcentaje de votos a favor del ahora candidato electo, 38.21%.
(Nota: no citaremos las fuentes de donde sacamos la información; si tenéis
desconfianza, investigad y cotejad datos.)
Nuestra primera pregunta, hermanos, es la siguiente: ¿Cuántos millones de
ciudadanos son realmente ese 38.21% que le dio la silla presidencial al copetón
sin cerebro? Hagan sus cuentas, que no somos facilitadoras de nada.
Nuestra segunda pregunta: ¿Una supuesta democracia representativa, como su
nombre lo dice, no debería por ventura consolidar en el poder a un candidato
verdaderamente representante del pueblo y de la supuesta mayoría a la que tanto
alude el mismo sistema?
Nuestra tercera pregunta: ¿Qué sentido tiene organizar manifestaciones
contra el partido ganador, contra su candidato electo, contra una televisora
psicópata, contra una tienda pitera de autoservicio si en realidad sólo una
minoría con respecto al resto de la población fue la que, numéricamente, logró el triunfo del actor de telenovela?
(Nota: no perdáis de vista que cualquiera de los otros candidatos también
representaba a una minoría si nos atenemos a las estadísticas.)
Cuarta pregunta: ¿Por qué nadie ha esgrimido la indignación, el coraje, los
gritos, las manifestaciones y los bloqueos contra los millones de ciudadanos
que se abstuvieron de votar?
Que los medios masivos de comunicación son manipuladores y sirven a los
intereses de la élite, no es un secreto. Que la ciudadanía –y vaya que esta
denominación nos incomoda en sobremanera por inadecuada y desfasada de la
realidad- no se entera más que de lo que sucede en sus narices y lo demás lo recibe digerido y medio defecado por
los medios, tampoco es un secreto. Que la ignorancia y la baja calidad
educativa han creado un ejército de obreros conformistas y empresarios desalmadamente
maquinales, es un secreto a voces. Ergo,
hermanos:
NO SE PUEDE SUSTENTAR UNA DEMOCRACIA, SI PRETENDE SERLO, CON UN CIUDADANO
PROMEDIO QUE NO VOTA, QUE NO SABE, QUE NO PIENSA Y AL QUE NO LE IMPORTA EL
DEVENIR DE LAS COSAS.
LA GRAN MENTIRA FUE PRETENDER EJERCER UN VOTO VÁLIDO CUANDO ES A TODAS
LUCES UNA FARSA QUE CUALQUIER CANDIDATO HAYA PODIDO LLEGAR A LA PRESIDENCIA CON
UN PORCENTAJE QUE NO REPRESENTA NI SIQUIERA AL 25% DE LA POBLACIÓN TOTAL DEL
PAÍS.
LA CEGUERA DE MUCHOS AL NO VER LA
LEJANÍA QUE MANTIENEN LOS POLÍTICOS CON RELACIÓN A LA REALIDAD COTIDIANA
CONFIRMA QUE NO SE SABE SEPARAR LO POLÍTICO DE LO VERDADERAMENTE HUMANO.
Decimos todo esto y, dentro de lo posible, intentamos bajarle a nuestro
tono de can desatado, porque hasta ahora, en nuestras preregrinaciones
ciclistas por la ciudad y en nuestras conferencias por las redes, no hemos
escuchado ni leído una sóla aseveración sobre lo discutido en esta
microencíclica que no haga gala de reclamos, decepciones, rabia, consternación,
en pocas palabras, de una INTENSA SUBJETIVIDAD. ¿Es en verdad para tanto todo
este intríngulis de las elecciones si la vida continúa día a día y nos
levantamos, desayunamos, dejamos nuestra basura donde se debe, hacemos nuestras
labores, reímos, nos divertimos, descansamos y de vez en cuando hasta leemos un
libro? (Ojo, esta pregunta va para los destinatarios de este texto.) ¿No sería
mejor aplicar toda nuestra subjetividad al continuo devenir del aquí y el ahora
y olvidarnos de una vez por todas de los dueños de este–mundo-que-se-está-resquebrajando?
Nosotras, por nuestra parte, nos montamos en la bicicleta y os mandamos
todas nuestras bendiciones.
Mamén